El trabajo de cuidar: cuánto vale y cómo cambiará con el envejecimiento en América Latina

América Latina suma 161 millones de cuidadores sin pago. Conoce cuánto aporta este trabajo, cómo cambiará y qué demanda el envejecimiento regional hoy

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El trabajo de cuidar: cuánto vale y cómo cambiará con el envejecimiento en América Latina

Cuidar a un niño, ayudar a una persona mayor a bañarse o acompañar a alguien con discapacidad a una consulta son actividades esenciales para la vida cotidiana. Buena parte de ese trabajo ocurre dentro de las familias, no recibe remuneración y apenas aparece en las cuentas con las que solemos describir la economía.

Un nuevo estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) permite dimensionar esa infraestructura invisible. Sus autores estiman que 161 millones de personas realizan cuidados directos no remunerados en América Latina y el Caribe. En conjunto, dedican unos 2.300 millones de horas cada semana a estas tareas.

La cifra importa por su magnitud, pero también por el cambio que anticipa. Hoy, la mayor parte de esas horas se destina a la infancia. Durante las próximas décadas, el envejecimiento de la población desplazará una parte creciente de la demanda hacia las personas mayores y quienes tienen alguna discapacidad. La región tendrá que decidir cuánto de esa responsabilidad seguirá descansando sobre las familias y qué parte asumirán el Estado, las comunidades y los proveedores de servicios.

¿Qué se considera cuidado no remunerado?

El cuidado no remunerado es el apoyo que una persona ofrece sin recibir un pago a cambio. El informe del BID estudia el cuidado directo, es decir, las actividades que implican atender o asistir a otra persona: alimentarla, bañarla, trasladarla, acompañarla a una consulta o ayudarla con tareas necesarias para su vida diaria.

Esta precisión evita mezclar estimaciones distintas. El análisis no incluye todo el trabajo doméstico ni todas las formas de cuidado indirecto, como cocinar, limpiar o lavar ropa. Tampoco captura de manera uniforme la supervisión y el apoyo emocional. Por eso, sus cifras describen una parte especialmente importante del trabajo de cuidados, pero no su totalidad.

El estudio reunió encuestas de uso del tiempo de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, El Salvador, México, Paraguay, Perú y Uruguay. Esos países concentran cerca del 80 % de la población regional. Para los demás, los investigadores extrapolaron patrones a partir de los países con información disponible.

¿Cuántas personas cuidan sin recibir pago en América Latina?

El BID estima que 161 millones de personas, equivalentes al 30 % de la población regional de 14 años o más, realizan cuidados directos no remunerados. En promedio, cada cuidador dedica 14 horas semanales a esas actividades.

El volumen total alcanza aproximadamente 2.300 millones de horas por semana. El cuidado infantil representa el 86 %; la atención de personas mayores, el 8 %; y el apoyo a personas con discapacidad de entre 15 y 64 años, el 6 %.

Estas categorías pueden superponerse. Cerca de 41 millones de personas cuidan a más de un grupo: por ejemplo, a sus hijos y a un padre mayor. Quienes tienen responsabilidades múltiples dedican unas 21 horas semanales al cuidado directo, nueve más que quienes atienden a un solo tipo de receptor. Es la experiencia conocida como generación sándwich, aunque el fenómeno también incluye hogares que cuidan simultáneamente a niños y personas con discapacidad.

¿Cuánto vale el cuidado no remunerado para la economía?

Al asignar un valor monetario a las horas de cuidado directo, los autores calculan que este trabajo equivale a entre el 5 % y el 8 % del producto interno bruto de América Latina y el Caribe. El rango depende del salario utilizado como referencia para valorar cada hora.

La estimación no significa que ese porcentaje se registre como producción adicional ni que pueda convertirse automáticamente en un presupuesto. Sirve para mostrar la escala de una actividad que sostiene la educación, la salud, el empleo y la autonomía de millones de personas sin pasar por una transacción de mercado.

También ayuda a entender por qué la disponibilidad de cuidados influye en otras decisiones económicas. Cuando una familia no encuentra servicios accesibles o confiables, alguien debe reducir su jornada, rechazar un empleo, interrumpir sus estudios o sacrificar tiempo de descanso. El costo del cuidado aparece entonces en forma de oportunidades perdidas, menores ingresos y menor bienestar.

¿Por qué las mujeres siguen asumiendo la mayor carga?

Las mujeres representan el 62 % de quienes cuidan sin remuneración y aportan el 76 % de todas las horas registradas. En promedio, dedican 17 horas semanales al cuidado directo, casi el doble que los hombres. Además, suelen asumir las tareas más exigentes, como el cuidado personal y la atención de salud.

El informe relaciona esta distribución con normas sociales persistentes, diferencias salariales, menor acceso femenino al empleo formal y desigual poder de negociación dentro de los hogares. Sus resultados también muestran asociaciones entre cuidar y disponer de menos tiempo para trabajo remunerado, ocio y autocuidado, especialmente entre las mujeres.

Conviene leer estas relaciones con cautela. El estudio es principalmente descriptivo: permite observar brechas y patrones, pero no demuestra que el cuidado explique por sí solo todas las diferencias laborales o de bienestar. La dirección también puede ser inversa en algunos hogares; por ejemplo, una persona con menores oportunidades de empleo puede terminar asumiendo más tareas de cuidado.

¿Cómo cambiará el cuidado con el envejecimiento de la población?

La transformación más importante no será necesariamente un aumento del número total de cuidadores, sino un cambio profundo en aquello que deberán hacer. Si se mantienen los arreglos actuales, el BID proyecta que para 2050 habrá 34 millones menos de cuidadores de niños, 14 millones más dedicados a personas adultas con discapacidad y 27 millones más atendiendo a personas mayores.

La región pasaría de tener aproximadamente un cuidador de personas mayores por cada seis cuidadores infantiles a una relación mucho más equilibrada. Esto implica más demanda de apoyo para bañarse, vestirse, movilizarse, administrar medicamentos y realizar actividades fuera del hogar. Muchas de esas tareas requieren continuidad, coordinación con servicios de salud y conocimientos específicos.

El cambio ocurre, además, mientras las familias se hacen más pequeñas y aumenta la participación de las mujeres en el mercado laboral. Habrá menos hijos y hermanos disponibles para repartir el cuidado de padres y abuelos, y una parte mayor de los potenciales cuidadores tendrá también responsabilidades de empleo remunerado.

¿Qué tendría que cambiar en los sistemas de cuidado?

La respuesta no consiste en sustituir a las familias, sino en evitar que enfrenten solas una responsabilidad cada vez más compleja. El BID plantea que los sistemas de cuidado deben considerar tanto a quienes reciben apoyo como a quienes lo proporcionan.

En la práctica, esa transición puede incluir servicios domiciliarios y centros de día, formación para cuidadores, programas de respiro, licencias laborales, horarios flexibles, orientación para navegar los servicios de salud y mecanismos de protección social para quienes reducen o interrumpen su empleo. También exige ampliar y profesionalizar la fuerza laboral de cuidados de largo plazo.

El sector privado tendrá un papel creciente, desde seguros y plataformas de coordinación hasta viviendas accesibles, tecnologías de asistencia y servicios especializados. Su expansión, sin embargo, no resolverá por sí sola el problema si los servicios quedan fuera del alcance de los hogares con menores ingresos o si reproducen condiciones laborales precarias para quienes cuidan.

Las cifras del BID son estimaciones, no un registro exacto

Los autores describen sus resultados como aproximaciones armonizadas. Las encuestas utilizadas corresponden a distintos años, emplean preguntas y límites de edad que no siempre coinciden y solo algunas registran el cuidado ofrecido fuera del hogar. Para cubrir los vacíos, el estudio utiliza imputaciones y extrapolaciones transparentadas en su metodología.

Además, el cálculo económico se limita al cuidado directo. Compararlo con estimaciones que incluyen cocina, limpieza y otras labores domésticas produciría conclusiones equivocadas. Estas limitaciones no vuelven irrelevantes las cifras; indican con qué alcance deben interpretarse.

Hacer visible el cuidado permite discutir quién aporta el tiempo, quién asume los costos y qué apoyos necesitarán los hogares. A medida que América Latina envejezca, cuidar dejará de ser una responsabilidad que pueda resolverse únicamente dentro de cada familia. Será una cuestión central para el empleo, la salud, la igualdad y la economía plateada de la región.